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COVID-19 y responsabilidad social


[12/04/2021]
Nota de opinión del Dr. Luis Japas, secretario Adjunto de la AMAP, inspirada en el Dr. Ramón Carrillo en la cual se deja claro que la responsabilidad social, como concepto ético, es el compromiso hacia la sociedad en su conjunto tanto presente como futura

 

 

(ARTÍCULO)

La responsabilidad social, como concepto ético, es el compromiso, una carga que un individuo, un grupo, una organización y/o una corporación tienen hacia la sociedad en su conjunto tanto presente como futura. Una suerte de ley blanda con conceptos normativos necesarios para una convivencia comunitaria armónica, en contraposición a la responsabilidad jurídica con leyes duras de cumplimiento insoslayable. En muy pocas palabras, es hacer el bien y no hacer el mal en beneficio de la sociedad toda. La responsabilidad social abarca hoy tres ámbitos: el humano, el económico y el ecológico. En cada uno de ellos, el Estado como organización comunitaria máxima es formalmente el principal encargado de cumplir con este compromiso.

 

La Asociación de Médicos de la Actividad Privada (AMAP)

Nuestro sindicato, como organización comprometida socialmente con este deber, apunta todas sus acciones al bien común. Dirigidas primariamente a los médicos y, por carácter transitivo, volcadas a la sociedad porque como sostenemos desde nuestra conformación, un médico bien remunerado que trabaja en condiciones favorables para desarrollar plenamente sus capacidades resulta mucho más útil para sus semejantes. Y hacia adentro, nuestro sindicato defiende primariamente el interés colectivo de los profesionales por sobre el individual.

Los argentinos, ya hemos vivido en carne propia, lo que sucede cuando desde el Estado se prioriza el interés sectorial por sobre el del conjunto de la sociedad. Una nación solo crece económicamente cuando crece con equidad social. Desde la ética, existe una idea que sintetiza la necesidad del cuidado del otro: alteridad. Un concepto que en la pandemia debería estar presente de sobremanera en todas nuestras acciones cotidianas, individuales y grupales.

 

“La guerra sanitaria no tiene armisticios ni treguas”, Ramón Carrillo

Toda conducta individual tiene inexorablemente un impacto colectivo, que puede ser favorable o pernicioso. El resonante caso de la compra de pruebas PCR falsas o truchas adquiridas por estudiantes de colegios privados para realizar sin obstáculos su viaje de egresados a playas del Caribe mejicano es no solo la clara muestra de una conducta peligrosa que puede provocar un impacto negativo en el resto de la sociedad, sino también un pésimo ejemplo de responsabilidad social y de desprecio por la vida ajena que dan esos padres a sus hijos. Y aquí surge una pregunta: quien descaradamente es capaz de comprar un resultado negativo falso de una prueba de PCR, ¿hará responsablemente una cuarentena obligatoria a su regreso al país? Del mismo modo pero más irritante para la conciencia social, ha sido la conducta irresponsable de un numeroso grupo de futuros médicos recientemente graduados en la Universidad de Rosario que se reunieron en forma masiva a festejar la obtención de su título sin el distanciamiento preventivo y sin el uso de tapabocas, hecho que crudamente expone la ausencia total de formación humanística y de educación social de los futuros médicos.

 

El virus no reconoce clases

En esta pandemia, no cuentan el estrato social, el poder adquisitivo, la alimentación cotidiana de calidad, la vivienda ni la cuenta bancaria de una persona. El coronavirus afecta horizontalmente a todos los ciudadanos. Pero lamentablemente, se pone en evidencia en acciones como estas que pocos argentinos han sabido comprender, estando como lo están capacitados para entenderlo, el sentido sanitario-solidario de las medidas oportunamente adoptadas por el Estado a través del Ministerio de Salud, dirigidas de igual modo a humildes y privilegiados. Y esto decepciona, suma dolor y desaliento y, lo que es peor: agrava la situación epidemiológica.

 

La salud como derecho humano

El filósofo Schopenhauer sostenía en la Alemania del siglo XIX: “la salud es el mayor tesoro, ante el cual todo el resto es nada”. Y aquí, en nuestro país, un siglo después el Dr. Ramón Carrillo afirmaba: “La salud es un derecho que importa nada menos que la vida plena, abierto a las posibilidades de un trabajo digno, al bienestar físico, psíquico y social. Es el que hace, como ningún otro, a la dignidad del ser humano. Es el derecho más respetable, y a la vez, el más olvidado por los hombres”. Como bien sostenía Carrillo, no lo es solo como derecho individual sino que debe entendérselo también como un derecho colectivo a ser respetado en el otro y en los otros porque solo así se entiende que haga a la dignidad del ser humano.

 

El valor de la salud individual y colectiva

Interesa al médico, y es su responsabilidad, la salud de la persona individual; pero desde la perspectiva social interesa la salud colectiva o comunitaria. La vida humana es el mayor bien espiritual y económico de una Nación. Y es precisamente el Estado el principal responsable de la salud de todos sus habitantes. Muchos lo pensarán desde un punto de vista meramente utilitario pero entiéndase bien, la salud es un derecho y no una dádiva encubierta de un falso humanitarismo”. “En nuestro país el Estado le presta asistencia médica sin negársela a nadie, sin hacer de ello un artículo de comercio, concepto que no se condice con los valores del neoliberalismo imperante en el mundo occidental, y que no existe en muchos de los países de los que admiramos sus modernos hospitales privados”. “Todos sabemos cuánto le cuesta a un paciente estar enfermo, pero alguno se ha puesto a pensar ¿cuánto vale una vida sana? Si la vida de una persona se acorta, la sociedad y el Estado están haciendo un mal negocio” (Carrillo). Invertir en salud no es un gasto y la pandemia lo ha puesto en evidencia en todo el mundo. De haber tenido un sistema sanitario fuerte, tal vez, el tiempo de duración del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio en nuestro país hubiese sido más breve. Invertir en salud es invertir en investigación y estar a la vanguardia de la producción propia de ciencia y tecnología médicas, útiles para la vida normal y cotidiana e indispensables para las situaciones imprevistas como la que nos toca vivir.

Es recién a partir de Carrillo que, por primera vez en nuestra historia, los argentinos comenzamos a tener -tal como sí existía ya para el cuidado del ganado- un ministerio que velara por la salud de las personas. Sin embargo, no podemos dejar de recordar aquí que hace muy poco se había vuelto a darle más importancia al cuidado de las vacas que al de los ciudadanos, cuando se redujo la jerarquía del Ministerio de Salud al rango de Secretaría.

 

Evolución natural versus revolución

Ramón Carrillo sostenía que la biología nos enseña que los cambios se producen lentamente (evolución natural) o en forma cataclísmica, por mutaciones bruscas (revolución). Los cambios en la estructura social no escapan para Carrillo a esta ley biológica: en épocas de crisis, la historia se escribe a más velocidad que en cualquier otra época. Y tal vez, esta revolución en el orden mundial provocada por una cadena fatal de ácidos nucleicos, ayude a producir los cambios en la estructura social de la humanidad que, de otro modo, demandarían muchas décadas y, por qué no decirlo, podrían cobrarse muchas más vidas que la pandemia a causa de las políticas deshumanizadas que gobiernan al mundo; políticas con las que “cada vez hay más pobres más pobres y cada vez hay menos ricos más ricos”.

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